La Ciencia en la América española

El beneficioso influjo que tuvo en la Ciencia la magna empresa de los Reyes Católicos, comenzó el mismo día en que la diminuta flota zarpó del puerto de Palos. La lucha patética entre el prejuicio adquirido y el juicio propio; ese afán de contrastar los hechos observados con la autoridad de los antiguos, compromiso que se traduce en una ciencia trabada e imperfecta, es el símbolo del espíritu atormentado de los más selectos  hombres en aquel momento crucial de la historia.

El descubrimiento de América, su exploración minuciosa, el análisis de las lenguas que hablaban los nativos americanos y su estudio etnográfico, probó la alta cualificación intelectual y científica de los españoles. Pronto se sumarían los propios americanos, criollos e indígenas.

La exploración abarcó también, lógicamente, la fauna y la flora del nuevo mundo, tan distinta, y permitió un fecundo estudio comparado. Además, se pudo completar la circunnavegación del globo, gracias a la pericia y los conocimientos cosmográficos y náuticos de los pueblos hispánicos y se extendió el primer ciclo global (la Nao de Manila es paradigmática) Galeon-iconografia4compartiéndose saberes entre América, Asia y Europa.

Las obras de los científicos españoles, y posteriormente hispánicos e ibéricos, fueron altamente consideradas por sus coetáneos y sucesores; como prueba de ello, se multiplicaron durante dos siglos las traducciones a todas las lenguas europeas (francés, inglés, italiano y, en menor medida, latín, holandés y alemán). Fueron también constantes las reediciones, que se cuentan por decenas.

Son los más destacados científicos del momento quienes se encargan de traducir las obras hispanas, que citan constantemente. De hecho, en la Biblioteca personal de Isaac Newton se encuentran ejemplares de las obras de José de Acosta, de Benito Arias Montano y de la obra, especialmente trabajada por el brillante científico, Hugo de Omerique. Esta situación llega hasta Humboldt, quien afirma que “ninguna nación como España había dedicado tantos recursos y tantos hombres a la investigación y la ciencia en América”.

La importancia económica de la Carrera de Indias y la explotación minera del Nuevo Mundo hizo que la demanda científica y tecnológica impulsada desde el inmenso poder de la Monarquía Hispánica fuera de altísimo nivel, sobre todo en los ámbitos naval y metalúrgico. La prioridad indiscutible en cualquier programa científico que hubiera podido diseñarse era claramente la que marcaban las necesidades del inmenso Imperio ultramarino.

Es importante señalar que la empresa americana, a partir de la gesta del el tornaviajegran cosmógrafo Andrés de Urdaneta, no sólo incluyó el viaje de América a Asia, ya conocido, sino también el “tornaviaje”, de Asia a América, ruta marítima abierta por Urdaneta y realizada a partir de 1565 por galeones españoles conocidos con el nombre de Nao de Acapulco o de China. Esta doble vía puso tan en contacto esas dos partes del mundo como ya lo estaba gracias a la ciencia y la técnica portuguesas contorneando África.

Es una obviedad, que para realizar el descubrimiento de un continente, los largos y arriesgados viajes marítimos, el ruta-galeon-de-manila-mapa-antiguotrazado de cartas geográficas y la explotación de las minas peruanas y mejicanas, había que tener conocimientos de astronomía, geografía, náutica, cartografía y metalurgia.

Los grandes descubrimientos de los siglos XIV y XV  destruyen supersticiones, prejuicios astronómicos, geográficos, etnográficos, lingüísticos, climatológicos. Se fortalece la naciente tendencia al libre examen, y tanto por la revolución mental que provocan como por las transformaciones económicas y sociales, los descubrimientos de esa época acentúan el hecho cultural del Renacimiento. La invención de la imprenta multiplica la importancia de las nuevas ideas y se inicia una eraastronomia de gran actividad material y espiritual.

A partir del “Descubrimiento” se desvanecen como fantasmas nocturnos los monstruos (basiliscos, grifos, dragones) que Aristóteles, Estrabón y algunos pensadores medievales imaginaban que poblaban el mundo más allá de las fronteras de la ecumene, así como los fabulosos mares y tierras que los contenían: la zona periusta, el pulmón marino, el mar tenebroso. Desde ese momento, estos monstruos pierden su condición de objetos reales y se les confiere su condición de objetos ideales.

El propio Colón estaba dotado de espíritu científico: sentido de la observación y empeño teórico. Sus observaciones de la declinación magnética bastarían para asegurarle un nombre en la historia de la Física; es cierto que su teoría sobre el fenómeno es falsa, pero también son falsas las actuales. Hasta los errores del Almirante son científicos y, lejos de servir para condenarlo, son la mejor prueba de su saludable confianza en la ciencia de la época.

Las contribuciones de Nicolás de Monardes y de Francisco Hernández significaron  un cambio radical en el proceso de la introducción en Europa de la materia médica americana, en una época en la que el ambiente académico estuvo dominado por el humanismo renacentista y su vertiente médica llamada “galenismo humanista”

Los diferentes fundamentos y orientaciones de las obras de Monardes y Hernández condujeron a que tuvieran así mismo distintos enfoques y amplitudes. El punto de vista de Monardes en la farmacognosia y la terapéutica, debido a lo cual se detuvo en la descripción de las sustancias medicamentosas, en sus métodos de preparación, en sus indicaciones terapéuticas y sus modos de administración

Sus obras tuvieron una amplia difusión en toda Europa a través de una serie de ediciones de sus textos originales o resumidos y ejercieron una extraordinaria influencia que no solamente los convirtió en puntos de partida y referencias obligadas de los trabajos posteriores en torno a la materia médica americana, sino en hitos que pesaron de modo importante en la evolución de varias disciplinas científicas afines.

La España del siglo XVI era heredera,  de una brillante tradición en el campo de la astronomía práctica, cuya continuidad se mantuvo a lo largo de toda la Edad Media. Dicha continuidad no se interrumpió durante el siglo XVI; las aplicaciones de tipo náutico y también las correspondientes a la astrología y a la reforma del calendario mantuvieron viva la práctica de las observaciones, la confección de tablas y el interés por perfeccionar los instrumentos. De esta forma España ocupó un digno puesto en la última etapa de la astronomía práctica tradicional, que utilizaba instrumentos muy refinados, pero sin amplificaciones ópticas.

La Universidad de Salamanca  fue durante ese periodo el principal foco universidad-de-salamanca_7232191académico de la cosmografía peninsular. De hecho, acogió la obra de Copérnico y su Sistema Heliocentrista, tema de obligada mención puesto que sólo en España y en Inglaterra tuvo eco positivo el copernicanismo, especialmente en una época en que su rechazo fue general en toda Europa, tanto en los ambientes católicos como en los protestantes.

El desarrollo de la navegación y la cosmografía durante la centuria que nos ocupa fue arriesgada y excitante, exigiendo a sus protagonistas una gran dosis de iniciativa e ingenio y poniendo al descubierto los fundamentos teóricos y prácticos que posibilitaron la navegación de altura, la revelación de una insospechada, imprevista y hasta heterodoxa cuarta parte del mundo, de un nuevo continente.

Durante el siglo XVI los tratados de náutica españoles dominaban el panorama europeo, tratados como, entre otros, los de Martín Cortés, Breve compendio de la sphera y de la arte de navegar (1551); Pedro Medina, Arte de navegar (1545, el primero sobre esta materia en Europa) y Regimiento de navegación (1552); Diego García de Palacio, Instrucción náutica (México, 1587); Rodrigo Zamorano, Compendio de la arte de navegación (1581)

La aportación española al nuevo arte de navegar posibilitó las expediciones descubridoras y el mantenimiento, por primera vez en la Historia, de comunicaciones y transportes a escala planetaria. Ese “Arte de navegar”, primera fase de la náutica moderna, fue una de las más tempranas disciplinas “aplicadas”, es decir, una actividad apoyada en bases científicas de considerable complejidad.

Pedro Mártir de Angleria, italiano radicado en España al servicio de la corte de Fernando, que siguió muy de cerca la conquista, describe en sus Cartas latinas «las maravillas de ese mundo nuevo, de esos antípodas del oeste, que ha descubierto un cierto genovés enviado a aquellos parajes por nuestros soberanos Fernando e Isabel». Y agrega en una de sus cartas: «No abandonaré de buen grado a España hoy, porque estoy aquí en la fuente de las noticias que nos llegan de los países recién descubiertos, y puedo esperar, constituyéndome en historiador de tan grandes acontecimientos, que mi nombre pase a la posteridad».

Un hálito de optimista entusiasmo inflama las almas antes dormidas; un poderoso aliento vital sublima las existencias más humildes, consagrándolas a ideales de muy diversa alcurnia, pero todos legítimos y aun nobles: el deseo de mejorar la propia vida material, fecundo estímulo del progreso de la humanidad; el ansia de gloria e inmortalidad que impele hacia las grandes acciones sin medir el sacrificio; el místico afán de convertir a todos los hombres a la verdad que se consideraba absoluta, y el esclarecimiento de las pequeñas verdades de la naturaleza accesibles a nuestra inteligencia.

«Es un error creer -dice Humboldt– que los conquistadores fueron guiados únicamente por el amor al oro o por el fanatismo religioso. Los peligros elevan siempre la poesía de la vida; y, además, la época vigorosa, cuya influencia en el desarrollo de la idea del mundo buscamos ahora, prestaba a todas las empresas y a las impresiones de la Naturaleza a que dan lugar los viajes lejanos un encanto que empieza a debilitarse en nuestra época erudita, en medio de las facilidades sin número que dan acceso a todas las regiones; es decir: el encanto de la novedad y de la sorpresa.»

Aquel vértigo de descubrimientos, aquella insaciable ansia de saber y de poder, aquel fuego de entusiasmo y esperanza, que se va extinguiendo a fines del siglo XVI, revelan la mágica virtud del contagio, en los hombres de más baja alcurnia, sublima sus almas haciéndolos aristócratas de la humanidad: es el sentido de la infinitud y de lo inmortal.

 

http://www.larramendi.es/cytamerica/i18n/micrositios/inicio.cmd

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/la-ciencia-y-la-tecnica-en-el-descubrimiento-de-america

 

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